Redacción: Israel Nieto
Indiana era considerado uno de los programas más perdedores en la historia del College Football. Más de setecientas derrotas, décadas de frustración, hasta que llegó un cambio que nadie imaginaba.
En apenas dos temporadas, el equipo pasó de un discreto 3–9 a una campaña perfecta: 16 victorias, cero derrotas y un campeonato nacional. Al frente de esta hazaña apareció Fernando Mendoza, quarterback de ascendencia latina, orgulloso de sus raíces, hijo de una historia de migración y esfuerzo.
El mismo jugador, que alguna vez fue rechazado por universidades importantes, esta semana levantaba el trofeo más grande del fútbol colegial.
La final no fue sencilla, frente a unos poderosos Miami Hurricanes, Indiana tuvo que remar contra la corriente. El marcador fue cerrado, intenso, hasta que Mendoza apareció cuando más se le necesitaba.
Una jugada lo cambió todo. Fernando Mendoza escapó de la presión, rompió tacleadas y cuando parecía caer por los golpes recibidos, se lanzó a la zona de anotación para darle a Indiana la ventaja definitiva.
Ese momento selló una victoria histórica: 27 a 21.
Para Mendoza, el triunfo tuvo un significado especial. Jugar y ganar frente a su gente, en la ciudad que alguna vez dudó de él, hizo la victoria todavía más dulce.
Hoy su nombre ya suena fuerte rumbo al draft de la NFL y como uno de los jugadores latinos más importantes en la historia del College Football.
Fernando Mendoza no solo ganó un campeonato, cambió la historia de una universidad, ganó el trofeo Heisman como el mejor jugador del fútbol americano colegial, apunta para ser el pick número uno del draft de la NFL, demostrando que los sueños también se escriben en español.