Redacción: Editorial
El término fracturación hidráulica, mejor conocido como fracking, ha pasado de ser la palabra prohibida en los discursos oficiales a convertirse en el invitado incómodo que, por necesidad, terminó sentándose a la mesa.
Pero, ¿qué es exactamente esta técnica y por qué hoy los mismos que la persiguieron parecen estarle guiñando el ojo?
¿Qué es el Fracking?
El fracking es una técnica de extracción de hidrocarburos (gas y petróleo) atrapados en capas de roca densa, llamadas lutitas, que se encuentran a miles de metros bajo tierra. Como la roca no es porosa, el petróleo no fluye por sí solo.

La ingeniería interviene entonces de forma agresiva. Se perfora un pozo vertical que luego se vuelve horizontal para recorrer la capa de roca. Posteriormente, se inyectan a presión millones de litros de una mezcla de agua, arena y químicos. Esta fuerza rompe (fractura) la piedra, permitiendo que el gas o el petróleo atrapados escapen hacia la superficie.
Del “Pecado Capital” a la “Necesidad Soberana”
Aquí es donde la memoria política se vuelve corta y la ironía, larga. Hace apenas unos años, el fracking no era una técnica; era un monstruo.
En la administración pasada, el fracking fue elevado a la categoría de pecado nacional. Se nos dijo que era el fin del mundo, que los sismos iban a abrir la tierra, que el agua de todo el país se iba a envenenar y que permitirlo era venderle el alma al diablo extractivista.
“En México no habrá fracking”, era la frase de oro, el dogma que se repetía en cada mañanera como un mantra de pureza ambiental. Era el villano perfecto para una narrativa de soberanía romántica.

El “fracking del bienestar”
Pero, ¡oh, sorpresa! El tiempo pasa y los recibos de luz y gas no se pagan con pureza ideológica. Hoy, con una producción petrolera que no termina de despegar y una dependencia del gas natural estadounidense que nos tiene con el alma en un hilo debido a los conflictos en Medio Oriente, el discurso ha mutado.
Resulta que ahora, bajo la alfombra de las dependencias energéticas, se siguen otorgando permisos o manteniendo proyectos que utilizan técnicas “muy parecidas” a la fractura hidráulica. Ahora no se le llama fracking con todas sus letras; se le dice “estimulación de pozos en yacimientos no convencionales”.
Parece que, después de todo, el fracking ya no es tan malo si ayuda a llenar las arcas del Estado. Aquel veneno que iba a secar los campos hoy se ve, a través del cristal del pragmatismo, como una herramienta indispensable para no quedarnos a oscuras.

¿El fracking contamina?
Sí, requiere cantidades industriales de agua y tiene riesgos geológicos documentados.
¿El fracking es necesario para la soberanía que tanto se presume? También. Lo que resulta fascinante es ver cómo una técnica pasa de ser una “herramienta del neoliberalismo rapaz” a una “necesidad estratégica del pueblo” con solo cambiar de sexenio.
Al final, la geología no tiene ideología, pero vaya que la política tiene una flexibilidad digna de una gimnasta olímpica.