El colapso de las negociaciones bilaterales entre Ottawa y Washington generó una abierta y hostil guerra comercial. Lo que comenzó como una disputa arancelaria localizada se ha transformado en un conflicto sobre la autonomía e independencia de las partes. Esto redefine las reglas del juego económico en la región.
La ruptura oficial se produjo tras el fin de las conversaciones comerciales en Washington, cuando la delegación canadiense abandonó la mesa de negociación al considerar “inaceptables” las exigencias de última hora presentadas por el gobierno de Donald Trump.
Entre las líneas rojas insalvables para Ottawa figuraba la pretensión estadounidense de eximir a sus plataformas digitales como Netflix o Amazon Prime Video de las leyes canadienses que promueven los contenidos locales, incluyendo aquellos producidos en francés.
Asimismo, Washington buscó limitar la capacidad de Canadá para diversificar sus relaciones comerciales con terceros mercados, en un momento en que el país norteño busca acelerar acuerdos con China y otras economías.

Ante estas presiones, el primer ministro canadiense, Mark Carney, dijo que no aceptaría un marco de negociación donde se considere a Canadá como una “subsidiaria” de Estados Unidos.
Trump amenazó con nuevos aranceles
La respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar. Washington activó aranceles del 50% sobre unos 20,000 millones de dólares en productos canadienses, golpeando principalmente a la electrónica, los plásticos, los muebles y la maquinaria.
Como contraofensiva, Carney anunció la imposición de gravámenes recíprocos “dólar por dólar” que entrarán en vigor el próximo 8 de septiembre. Todo enfocado en sectores estratégicos como el acero, los lácteos, los electrodomésticos y el papel.

El conflicto alcanzó un punto crítico con el anuncio de Trump de elevar al 50% los aranceles sobre vehículos, autopartes y acero canadienses a partir del 1 de enero de 2027. En su retórica de presión, el mandatario estadounidense tildó de “payasos” a los dirigentes de Ottawa y advirtió con entorpecer el transporte de energía, petróleo y gas que Canadá envía a través de territorio estadounidense.
Por su parte, Carney desmintió la premisa de Trump de que EE. UU. no necesita a su vecino, recordando que Canadá es un proveedor energético clave y fuente vital de minerales críticos para las cadenas de suministro estadounidenses.
La advertencia para México
Este terremoto comercial enciende luces rojas para el tercer socio del T-MEC. De acuerdo con el analista internacional Fausto Pretelín, la crisis canadiense demuestra que Washington ya no negocia temas de forma aislada, sino que integra comercio, política y seguridad en un solo paquete de presión.
Mientras el secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, viaja a EE. UU. para desactivar posibles tensiones, los expertos sugieren que México debe diversificar sus relaciones y ver a Canadá como un socio estratégico para balancear la imprevisibilidad de Washington.