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La nueva clase política mexicana: austeros en el discurso, millonarios en el poder

Por Rodolfo Nuñez
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Rodolfo Nuñez Rivera

Investigador y consultor 

Director INMERSA GROUP

La política mexicana encontró la fórmula perfecta para sobrevivir al desprestigio: hablar como pueblo, vestir como el pueblo, amar al pueblo, mientras por detrás se vive como élite.

Hoy, muchos de los personajes que construyeron su carrera política prometiendo austeridad, combate a los privilegios y cercanía con la gente. Gobiernan desde una estructura que concentra más poder, más presupuesto y menos rendición de cuentas que nunca antes en la historia reciente de México.

La famosa llamada “austeridad republicana” se convirtió en uno de los discursos más rentables, políticamente hablando, de la última década. Y funcionó.

Millones de mexicanos respaldaron la idea de terminar con los excesos de los gobiernos anteriores. Sin embargo, la realidad empieza a exhibir una contradicción incómoda: el ahorro prometido no se traduce necesariamente en mejores servicios públicos, ni beneficia a las mayorías.

Las deudas y las obras faraónicas

México cerró 2025 con una deuda pública superior a los 17 billones de pesos, el nivel más alto en la historia del país. Obras faraónicas inoperables y  un reparto considerable de apoyos sociales es en lo que se va el dinero. Mientras tanto, sectores fundamentales como: salud, seguridad y educación siguen mostrando señales de franco deterioro. El desabasto de medicamentos continúa afectando hospitales públicos y, según cifras del Coneval, más de 50 millones de mexicanos carecen de acceso efectivo a servicios de salud, esto es casi una tercera parte de la población total.

Paradójicamente, el gobierno federal concentra cada vez más recursos en megaproyectos, programas sociales y obras emblemáticas cuya rentabilidad económica sigue siendo debatida. El Tren Maya, por ejemplo, ha requerido inversiones multimillonarias adicionales respecto a su presupuesto original, descarrilamientos, suspensiones del servicio, fallas técnicas que ponen en riesgo la vida de operadores y turistas, mientras tanto, el desarrollo prometido en el sureste no se alcanza a ver por dónde llegará.

El problema no son los programas sociales. De hecho, millones de familias dependen legítimamente de ellos. El verdadero riesgo aparece cuando el dinero público deja de verse como herramienta de desarrollo y comienza a utilizarse como mecanismo político-electoral permanente.

Chairos vs Fifís

La popularidad presidencial y la transferencia directa de recursos han creado una nueva relación entre ciudadanía y poder: una donde el apoyo político muchas veces depende menos de resultados y más de subsidios. Es una fórmula eficaz para ganar elecciones, pero peligrosa para construir instituciones sólidas y generar certeza económica en el resto de la población.

Y mientras el discurso oficial insiste en dividir al país entre “pueblo” y “élite”, entre “chairos” y “fifis”, emerge una nueva élite política con enorme influencia, control territorial y poder presupuestal. Gobernadores, líderes legislativos y operadores partidistas que hace algunos años denunciaban los abusos del viejo sistema, hoy reproducen muchas de sus prácticas: opacidad, clientelismo y concentración de decisiones.

La gran ironía mexicana es que el país cambió de narrativa, pero no de sistema.

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