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La marca presidencial: cuando el poder se convierte en catálogo

Por Redacción
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Editorial

Relojes, Biblias, tenis, fragancias, guitarras. La lista de productos con el nombre “Trump” sigue creciendo, y con ella la fortuna del hombre que ocupa la Casa Blanca. Solo los relojes de marca Trump generaron 4.7 millones de dólares en regalías durante 2025. Esto según su propia declaración patrimonial ante la Oficina de Ética Gubernamental. Es apenas una fracción de los 2,200 millones de dólares que el presidente reportó haber ganado en su primer año de segundo mandato.

La defensa oficial es siempre la misma, que sus negocios los administran sus hijos, Eric y Donald Jr., y el presidente “no se involucra”. Pero esa distinción no resiste el análisis. El valor de un reloj, una Biblia o un par de tenis con el apellido Trump no depende de la calidad del producto; depende de que quien lo lleva puesto es, ahora mismo, el hombre más poderoso del mundo. Cada venta es, en el fondo, la monetización directa del cargo.

No es un asunto menor ni nuevo en la crítica especializada. Kedric Payne, director de ética del Campaign Legal Center, lo resume sin rodeos. Nunca se había visto a un presidente con conflictos de interés tan directos entre sus finanzas personales y las políticas que impulsa desde el gobierno.

Y esta vez el merchandising es apenas la punta visible de un iceberg mucho mayor. Criptomonedas, desarrollos inmobiliarios en países que negocian aranceles con Washington, licencias de marca en Medio Oriente y donde el patrón se repite. El negocio familiar crece exactamente donde crece también el poder de decisión del presidente.

¿Es esto ilegal?

No, al menos no bajo el marco actual. El presidente de Estados Unidos no está obligado por las mismas leyes de conflicto de interés que rigen a otros funcionarios federales, un vacío legal que Trump ha explotado sin disimulo.

Presidentes anteriores, de ambos partidos, optaron por poner sus activos en fideicomisos ciegos genuinos, gestionados por terceros ajenos a la familia, precisamente para evitar esta clase de escrutinio. Trump decidió no hacerlo.

La Casa Blanca insiste en que “ni el presidente ni su familia han incurrido, ni incurrirán jamás, en conflictos de interés”. Los números y el catálogo de productos que crece al mismo ritmo que su poder cuentan una historia distinta.

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